El almacén de las tres de la mañana
Cuando sonó la alarma de la puerta trasera del almacén logístico, Marta llevaba quince años trabajando en la empresa. Era la encargada del turno de noche y conocía cada rincón de la nave, cada mercancía, cada procedimiento. Aquella madrugada de octubre, la alarma la despertó de la letargia de un turno tranquilo. Miró las pantallas de videovigilancia y vio que la puerta trasera estaba abierta. No había nadie.
La mercancía que faltaba era la que más dolía: una docena de dispositivos electrónicos de alta gama que acababan de llegar esa misma tarde, pendientes de etiquetar y distribuir a los clientes al día siguiente. El valor superaba los cuarenta mil euros. Marta llamó a seguridad, y luego al director de operaciones, Luis, que se presentó en el almacén a las cinco de la mañana con cara de pocas pulgas.
En el turno de noche solo había tres personas. Marta, la encargada. Daniel, un operario de carga que llevaba tres años en la empresa. Y un chaval nuevo, Sergio, que había entrado hacía seis semanas y todavía estaba en periodo de prueba.
La duda se instala
Luis revisó las cámaras con martillo y manta. La cámara de la puerta trasera había dejado de grabar a las dos y cuarenta y siete minutos. Justo veinte minutos antes de que sonara la alarma. Alguien sabía dónde estaba el cable de alimentación y lo había desconectado. La cámara del pasillo central sí funcionaba, pero el ángulo no cubría la puerta trasera. Se veía a Marta en la oficina, sentada frente a los monitores. Se veía a Sergio en la zona de carga, moviendo paléss. Daniel aparecía en la imagen a las tres y cinco, saliendo de la zona de descanso. Pero entre las dos y cuarenta y siete y las tres y cinco, no había registro visual de dónde estaba Daniel.
Daniel dijo que había estado en el baño, que le había sentado mal algo de la cena. Sergio dijo que no había visto ni oído nada raro. Marta dijo que se había quedado en la oficina toda la noche, que solo se había levantado una vez para servirle un café a Sergio. Las tres versiones eran compatibles entre sí. Y a la vez, ninguna servía para explicar el hurto.
Luis no podía despedir a nadie sin pruebas. Tampoco podía acusar a tres empleados de un robo sin más fundamento que una cámara apagada y una mercancía desaparecida. La empresa tenía un seguro que cubría el hurto, pero la franquicia era alta y la pérdida afectaba a un pedido comprometido con un cliente importante. Luis necesitaba saber quién había sido, o al menos, quién no había sido.
Cómo llegan a la prueba
El abogado de la empresa sugirió un polígrafo. Los tres trabajadores aceptaron. Sergio fue el primero en decir que sí, casi sin pensarlo. Daniel tardó un día en contestar. Marta pidió que se lo explicaran bien antes de decidir, y luego también aceptó.
Luis llamó a El Polígrafo y concertó las pruebas para una misma semana. Cada empleado pasó por la sala en días distintos, para que no coincidieran y no pudieran hablar de lo que se les había preguntado.
El día de la prueba
La sala era un despacho discreto en una zona de oficinas. El examinador, un hombre de unos cincuenta años con gesto sereno, recibió a cada uno por separado. Les explicó el proceso, les pidió que firmaran un consentimiento y les hizo una entrevista previa. No quería sorpresas ni preguntas trampa. Quería que cada persona supiera exactamente qué se le iba a preguntar.
Sergio entró el primero. Estaba nervioso, pero colaboró en todo. Respondió con sinceridad a las preguntas sobre su rutina, sobre si había visto algo, sobre si había tocado la mercancía desaparecida. El examinador le colocó los sensores y realizó la prueba. Después, le quitó los sensores y le dijo que podía esperar en la sala contigua.
Daniel entró el segundo. Se mostró tranquilo, casi indiferente. Durante la entrevista previa, relató con detalle su ida al baño y su vuelta a la zona de descanso. El examinador tomó nota de todo y procedió con la prueba.
Marta fue la última. Llegó con una carpeta bajo el brazo y una actitud profesional. Quería que quedara claro que ella no tenía nada que ver. El examinador la escuchó, le explicó el procedimiento y realizó la prueba.
El resultado
El informe se entregó a Luis una semana después. Sergio había respondido con sinceridad a todas las preguntas relevantes. Marta también. Daniel, en cambio, mostró reacciones compatibles con engaño en las preguntas directas sobre el hurto, sobre si había tocado la mercancía y sobre si había desconectado la cámara.
Luis recibió el informe, lo leyó dos veces y llamó al abogado. No había pruebas judiciales, pero sí tenía una dirección clara. Pidió a Daniel que pasara por la oficina. Daniel negó todo. Luis le mostró el informe. Daniel se quedó mirando el papel un rato, sin decir nada. Luego se levantó y se fue.
A la mañana siguiente, Luis encontró una nota en su mesa. Decía que Daniel presentaba la baja voluntaria y que no volvería al almacén. La mercancía no apareció. Sergio siguió trabajando en la empresa. Marta continuó al frente del turno de noche, aunque a partir de entonces pidió que la cámara de la puerta trasera tuviera un cable de alimentación redundante.
Luis cerró el informe, lo archivó en la carpeta del caso y pensó que, al menos, ahora sabía a quién no podía volver a dejar solo en el turno de noche.